Refugiándome en el Parque Alcalá

Después de tomarnos unas fotos con las doce personas de público que había en la sala, abrí la puerta donde entran los técnicos. Quería salir rápido. Me cambié en el camerino mientras pensaba dónde estaba mi cartera.
No entré en pánico. La había dejado en la casa. Me acordé que no la tenía cuando estaba por guardar el ticket del estacionamiento. Era habitual. Tenía un recordatorio en el teléfono para guardar la cartera, pero en el apuro uno se olvida de esas cosas.

Era sábado. El desgaste emocional de la universidad no cedía.

Acomodé el traje sudado en el bolso. Mis elementos de magia los tenía organizados en la mesa. Pasé la lista mental, para que no se quedara nada antes de guardarlos. Era normal que saliese de último. Ninguno de los actores tenía una mudanza de peroles por cada función. Problemas de mago.

El bolso grande, similar a un duffel bag, lleva mi acto de cinco minutos, unos aros, la alfombra para recoger las cartas del escenario, herramientas de emergencia, maquillaje. La otra caja, más pequeña, tiene los otros quince minutos de material que uso para la obra. El bolso lo llevo normalmente al hombro, la caja en la mano izquierda aguantando el trípode entre los dedos y el traje en la otra mano.

Todo esto para cruzar un pasillo que, después de una función, puede darte la sensación de una longitud de 5km.

Subí el ascensor, caminé por el pasillo. Otra función que no llena ni un tercio del Teatro Trasnocho.
Triunfante, llegué a la puerta que determina el fin del pasillo, al lado de la taquilla de teatro y cine. Dejé el perolero en el carro. El hombro izquierdo siempre termina tenso del peso del bolso. Igual la mano izquierda. ¿Cómo hacen los bolseros de automercado?

Revisé en la guantera del carro y el hueco sin nombre que queda entre el asiento del piloto y el co-piloto. Capaz había dejado allí la cartera. No, definitivamente estaba en el escritorio de mi cuarto, al lado de la cama.

Regresé al centro comercial. Vencido, agotado. Las personas que iban al teatro o al cine haciendo el clásico matiné, encontrándose amigos de hace añales, comentando que todo está bien, que tal tu hermano, tu primo, tu hijo y todo ese cuestionario.

Subí las escaleras y estaba el chichero todero, que vende más cajas de cigarros y caramelos que la misma chicha. Reposé en uno de los banquitos de mampostería que quedan en el centro del pasillo, con los jardines y otras mesas. Me parecía curioso que el espacio intentara ser un parque al aire libre, un lugar de encuentro. Un pequeño Parque Alcalá en Caracas.

Nos encanta mentirnos en la cara.

Me provocaba una Coca-Cola, pero no tenía ni los billetes de emergencia que a veces meto en la guantera. Llamé a mi papá para explicarle en qué parte del escritorio estaba la cartera.Tráemela cuando puedas, porfa.

Observaba a las personas. Cruzaban rápido, hablando o mirando hacia el piso. Pocos compraban, otros estaban de window shopping o decidiendo comprarse un café para justificar que estaban sentados en las mesas del pasillo. El cielo nublado acompañaba la escena.

Los centros comerciales tienen su función determinada en Venezuela, al menos en la capital. Es un híbrido entre un lugar blindado y parque. Para eso son, para aparentar una seguridad etérea, mantenida para que las personas puedan salir y distraerse, imaginarse que todo esta bien, todavía hay locales. Entran al centro comercial y se sienten seguros, sacan sus teléfonos, se ríen, pagan la comida aunque el precio les salte los ojos, se visten con la ropa que les da miedo usar, la que es ahora para eventos especiales.

Observo.

Esa es la vida que he llevado desde que iba a centros comerciales con amigos. Entraba al centro comercial y el ambiente se convertía en refugio. Porque todo caraqueño ha simulado estar en un país utópico, de plenitud, de libertades, donde el dinero alcanza. El centro comercial transformado en templo, en refugio que protege y defiende a todo cabal una tranquilidad con bastante base, contorno y delineador. No nos gusta detallar los anaqueles vacíos, la vitrina con maniquís desnudos, las etiqueta de precios montada una sobre otra.

Todos hemos estado allí. Saben, que uno se hace el loco para vivir en un país utópico. Plenitud. Libertad. Seguridad.

Queda el centro comercial de refugio. Defendiendo una tranquilidad maquillada por los mismos participantes.

Observo.

¿Vivir de las noticias? Viviríamos con trastorno de estrés postraumático.

Hola papi. Dale, ya salgo. ¿En la esquina donde está la panadería? Ok.

Crucé por el pasillo donde están ubicados los teléfonos públicos. Era como un túnel mediador entre la ilusión y la realidad.

La luz me cegó los ojos por unos segundos. Los sentidos empezaron a recibir. Taxi pasando aceite, los cauchos quemados, cornetazos para avisar la luz verde.

Ruidosa, pantallera, poco amigable. Caracas. Si fuese una interfaz de usuario, sería como instalarle Snapchat al teléfono del abuelo. Llegué a la esquina y ahí mismo escuché los dos cornetazos de la Mitsubishi. Gracias. Pago el ticket y en un ratico llego a la casa. Dale, bye.

Pagué en la taquilla, prendí el carro. Coloqué el audiolibro que estaba escuchando.

Deja de pensar.

El centro comercial.

Todos participamos en ese juego.

Todos nos hemos refugiado allí.

Es una cura provisional que tenemos para sentirnos personas, que podemos salir a socializar.

Es un refugio desmantelado.

Saquean comida, luego irán por las tiendas. Y así hasta que quede la escoria del centro comercial.

Hasta que lleguen a nuestras casas.

Solo es un refugio provisional.

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2 comentarios en “Refugiándome en el Parque Alcalá

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