Conducta en la sala de teatro

La sala de teatro es una bendición y una maldición. La experiencia de presentarse ante un público es increíble y doloroso. Allí estás, desnudo ante cientos de ojos que te criticarán sin conocerte. No les importa lo que te pasó fuera de la sala. Ellos pagaron para ver esa caja negra, llena de ilusiones. ¿Tienes fiebre de 40 grados?

No importa.

El show debe continuar.

Era 2010.

Sandro Nerilli me envió un mensaje por Facebook para hacer un par de funciones como invitado especial de su producción más reciente. Dos semanas atrás me había visto en la Ra Magic Convention, donde obtuve segundo lugar en la competencia.

Oportunidad de oro. Nunca había participado en un show de magia, al menos en un teatro.

Le respondí a Sandro, asegurándole que me presentaría los dos sábados restantes de noviembre.

Mi papá no me podía ver en esas funciones. Estaba de viaje para ver su primera nieta. Jordana, mi hermana, no estaba enterada de la visita. Luego Jordan, mi hermano, acompañaría a mi papá a conocer San Diego, California.

Todos los días llegaba del colegio a ensayar. Repasaba el acto hasta el agotamiento. Era el invitado especial. Me tocaba trabajar. Tenía una responsabilidad montada sobre mis hombros.

El viernes antes de la presentación estaba revisando Facebook. Era algo como las 9pm. Mi prima me envió un mensaje con una noticia.

Mi mamá no me había escrito del fallecimiento de mi abuela paterna. Quería llegar a la casa luego de su cena con unos amigos para acompañarme.

Solo. En mi cuarto. Con esa noticia.

Pensaba en la presentación del día siguiente y el hecho de que mi papá no tuvo la oportunidad de darle un último adiós a su mamá.

Me levanté acompañado del amanecer.

Lo predecible.

Tuve insomnia. La espalda tensa. Dudas de lo incontrolable.

La función estaba pautada para las 6pm. Quería llegar a tiempo. Decidí llegar a las 3pm.

Dejé mis cosas en el camerino y almorcé con mi mamá. Paseo El Hatillo estaba vacío ese día. Me comí el wrap de carne y salí disparado al teatro.

Llegaron los magos. Carlos Clemares, Miguelangel Salazar, Jesús Rodríguez. Los había visto en otras presentaciones durante la temporada de Miércoles de Magia en el Teatro Escena 8. Compartir tarima con ellos era un honor. Minutos antes de las función, nos agarramos las manos y realizamos unas oraciones. Le dedicaría la función a mi abuela y a mi sobrina.

Era el primero de la presentación. Mis nervios aumentaban. Escuche mi nombre. Se abrió el telón y arrancó la música.

Luego de presentar mi acto de ocho minutos, entendí lo que significaba tener una responsabilidad. Sabía sobre la responsabilidad, pero no entendía el concepto en su totalidad. Entendí que el control es una ilusión. Entendí esa frase acartonada de vivir cada día como si fuese el último.

Desde ese día, admiro el sacrificio de presentarse en una sala de teatro. La audiencia nunca valorará a plenitud el esfuerzo de quien se monta en una tarima. La sala de teatro te hace más humano. El artista desprende sus miedos para expresar, así como la audiencia despeja su mente para captar su mensaje.

Mi papá llegó la semana siguiente. No tenía tiempo para abrir las maletas. Fueron dos días de reencuentros, dolores y lágrimas.

Conducta en los velorios.

Conducta en la sala de teatro.

Lo que parece estar en contra, en realidad está de nuestro lado. Hay que reconocer la bondad de los puntos de inflexión.

Hace un par de años leí Story de Robert McKee, la Biblia de los guiones cinematográficos. Un capitulo dedicado a las escenas explica que cada escena tiene una carga negativa o positiva. Si una escena empieza en negativo, termina en positivo y viceversa.

Nos acostumbramos a pensar que lo negativo lleva a lo negativo, cuando lo negativo produce algo positivo.

La sala de teatro me dio una oportunidad de aprendizaje. Y nunca conseguiré cómo devolverle el favor.

Todo conflicto es para solucionarlo. Todo dolor es para crecer como personas.

Pase lo que pase, el show debe continuar.


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